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27 Dic. 2004

 

Un lineamiento estratégico es necesario para asumir la realidad y proyectar el futuro en base a una concepción nacional permanente que no dependa de factores circunstanciales y sobre todo de los cambios de gobierno. La tradición de ignorar o destruir lo anterior conspira contra el interés general. La visión limitada que confunde la historia con el tiempo propio de cada gobernante niega el futuro. El estadista debe tener una visión amplia que asuma el pasado, comprenda el presente e imagine el porvenir. Así se ponen las bases de un desarrollo sostenido con una vida mejor para todos y se contribuye al crecimiento global.

Después de la II Guerra surgieron dos grandes bloques fundados en el poderío bélico. Esto sustentaba las diferencias de ideologías y sistemas. La división en bloques armados influyó sobre todos afectando las condiciones de vida, los derechos humanos, la libertad, la paz, la economía y la organización política de las naciones. La polarización condicionó, desde luego, el pensamiento estratégico.

La capacidad militar como fuente de poder había comenzado a ceder. El desarrollo económico dio a Alemania y Japón, vencidos ayer, dimensión de potencias. El derrumbe del comunismo, simbolizado en la caída del muro de Berlín, consolidó el cambio. Ya no eran los ejércitos sino el desarrollo y la capacidad económica el origen de la influencia mundial.

Los términos del debate económico se transformaron. El choque ideológico fue reemplazado por Maastrich y la globalización. Un sano objetivo estratégico vino a ser la eliminación del déficit y la reforma del Estado.

Los países más poblados del mundo hicieron sentir su presencia reclamando su espacio. La vasta China y la India aparecen como nuevos protagonistas decisivos. Rusia y los países del viejo bloque soviético juegan un rol fundamental en su nueva expresión de soberanía y democracia.

En lo social, aumentó la pobreza. América Latina siguió igual pero fue mayor en África. Crecieron la enfermedad y el hambre, la falta de alimentos y agua potable. Nuevas formas de violencia, como las luchas étnicas o religiosas y el terrorismo internacional, irrumpieron en el mundo.

Se suma el espectacular salto tecnológico cuyos signos notorios fueron el acceso al espacio, la cirugía cardiovascular y el desarrollo informático. Las computadoras e Internet dieron origen a una sociedad global del conocimiento que noperdona el atraso.

La nueva escena urge más la visión del estadista y el pensamiento estratégico.

La alineación en la defensa de la paz y los derechos humanos es indiscutible. La condición humana es un presupuesto de la estrategia. Quedaron lejos los tiempos en que importaban las naciones pero no los hombres, como datos menores de la historia. Hoy el ser humano es lo esencial y esto configura la nueva dimensión ética de la política.

Crecieron los movimientos migratorios. La pobreza empuja hacia los centros desarrollados y éstos rechazan a los viajeros clandestinos en sus costas. Empero, la sociedad moderna, aun manteniéndose la identidad nacional, se ha vuelto multicultural. Se desarrollan vínculos trasnacionales. Los países de emigración quieren conservar el vínculo con los emigrados, los receptores incorporarlos a su cultura. Argentina lo vivió intensamente a fines del siglo XIX y principios del XX. Se refundó el pueblo con el aporte de la inmigración plural que vino a habitar el suelo argentino.

La Europa ayer emigrante hoy resiste la inmigración de la pobreza. Sin embargo, a través de los años, hay una nueva realidad polifacética, donde muchos foráneos se suman a los “comunitarios”. Estados Unidos, que fue país de inmigración, hoy cierrra la frontera, aunque aumentó la presencia latinoamericana. El desafío para las grandes potencias es la integración de los nuevos inmigrantes en base a la aceptación de los principios de la comunidad política.

América Latina debiera aplicar una política amplia en materia de movimiento de personas. Pero no es así. Casi todos oponen restricciones. Argentina ha tenido un criterio abierto y debe mantenerlo. El punto estratégico es llevar al foro común la libertad de circulación y trabajo, y compartir la lucha contra la pobreza como un objetivo regional.

Esto supone refirmar el compromiso democrático. El Acta Democrática de Lima que impulsé en 2000 y mi enunciado en la OEA (respetar el principio de no intervención pero también el de no indiferencia), consagró la democracia como requisito de participación regional. Latinoamérica debe entenderse como una unión de países democráticos. No obstante, falta consecuencia para exigir a las dictaduras que violan los derechos humanos que los respeten. Se claudica ante el régimen cubano.

La contribución al desarrollo global y al propio bienestarrequiere una economía en expansión, de crecimiento sostenido y sustentable desde el punto de vista de la protección ambiental. Esto supone asumir el perfil del desarrollo industrial y agropecuario y sobre todo de las exportaciones.

Hayque obrar en conjunto para la defensa del medio ambiente. Pese a la resistencia de Estados Unidos que al fin deberá sumarse, la estrategia global está planteada. Falta definir la que adoptamos como propia para el país.

En el mundo globalizado hay que derrumbar barreras económicas, empezando por las ajenas, como los aranceles y subsidios, pero actuando también sobre las propias, para intensificar el comercio (sin maniobras abusivas, es claro, en uno u otro sentido).

Para crecer hay que ampliar las fronteras económicas. Por eso toda integración de mercados acordada en condiciones equitativas y razonables, debe ser un fin estratégico. Rechazar alguna posibilidad por prevención ideológica es ignorar el mundo actual. No hay espacio ni tiempo para marginarse. El Mercosur como prioridad inmediata, el Mercosur ampliado, los acuerdos con el Pacto Andino y otros acuerdos latinoamericanos extendidos, tienen importancia estratégica. Pero también lo tienen ALCA, los eventuales acuerdos con la Comunidad Europea, un fuerte vínculo con Asia, y el relacionamiento con Medio Oriente y Africa.

Desde mi elección planteé como prioridad el vínculo con China, Japón e Israel, más el acercamiento al mundo árabe y los países africanos. Debe seguirse ese rumbo. Es absurdo olvidarlos u obrar como si recién los descubriéramos. Hoy se respeta a las naciones que exhiben continuidad estratégica. Mis encuentros con el Presidente chino, la asistencia al Grupo de los 15 en El Cairo y a las reuniones de los “Progressive Governments” en Berlín y Nueva York, y el nuevo diálogo con el mundo árabe y Africa, subrayaron la apertura al mundo.

Argentina debe asumir como objetivo estratégico el desarrollo planificado de su infraestructura. Transporte y comunicaciones son esenciales. La energía es escasa y debe potenciarse su producción y distribución. El comercio requiere comunicaciones eficientes, y más aun el comercio internacional y el mercado de capitales.

América Latina y en particular Mercosur deben tener un plan estratégico de infraestructura que asegure la vinculación física de nuestros países y facilite la circulación de personas y bienes. Rutas, puertos, aeropuertos, fuentes de energía, preservación del ambiente, medios para la vida y contra la pobreza, política ambiental, deberían sin demora formar parte de un objetivo común. Los organismos financieros deben admitir que sea inversión y no gasto para el cálculo del déficit.

Esto se vincula con el espectacular salto de la computación y en especial de la red informática. Esto ha cambiado al mundo. Todos los seres del planeta pueden relacionarse entre sí. Cualquiera puede obtener la información que antes le era inaccesible. La educación puede mejorar por el más amplio acceso a las fuentes del conocimiento.

En 1999 enuncié el compromiso de pasar de 400 mil a 4 millones de conectados a la red durante mi Gobierno. Esa cifra se superó ampliamente y sobre aquel impulso sigue creciendo.

El pensamiento estratégico debe poner como fundamental la educación. Los países más desarrollados son los de mayor nivel educativo. Argentina tuvo un gran sistema, hoy en decadencia. La educación debe ser igualitaria y dar las mismas oportunidades a todos. Se deben enriquecer sus contenidos y apoyar al docente. Por eso dije que era fundamental conectar a todas las escuelas en la red informática y desarrollar un sitio de contenidos que ayudara al maestro a enseñar y al alumno a aprender.

Fue el Plan Educ.ar, a cuyo plural Consejo integré a diversas personalidades y que contó con una importante donación para su desarrollo. Su contenido es de los más respetados y ricos, fuente de consulta en toda América Latina. Estaba programada la conexión de todas las escuelas (gran parte ya lo están por el avance paralelo de la informática y el auge de las computadoras de escritorio) y se contaba con un crédito de varios cientos de millones otorgado por el BID. Lamentablemente, la implosión económica de 2002 con el default, la devaluación y la pesificación asimétrica lo postergaron. Martín Varsatsky, integrante del Consejo y autor de la millonaria donación, cuya opinión por esto era decisiva, hizo poner los fondos de reserva en bonos del tesoro que fueron alcanzados por el default de quienes tomaron el poder a fines de 2001.

A eso se sumó la triste tradición mencionada al principio. Dispuestos a ignorar el pasado y desconocer al precedente, los nuevos gobiernos trataron de desmerecer Educ.ar, congelándolo y cuestionándolo. Ahora empiezan a reinvindicarlo, poniéndolo como propio por la mala costumbre de creerse cada uno iniciador de la historia.

Da igual. El objetivo estratégico de impulsar la educación, sacar al sistema de su postración y vincular al mundo a las escuelas argentinas, brindando a todos acceso a los mejores contenidos educativos, no podrá ser postergado.

El pensamiento estratégico es fundamental para cualquier país y urgente para la Argentina. Requiere grandeza para asumir el pasado y capacidad para mirar el futuro. Precisa, en todo caso, de personas con jerarquía de estadistas, en el Estado y en los demás protagonistas de la vida nacional, para definirlineamientos perdurables que subsistan en el tiempo aunque cambien los gobiernos.

 

Dr. Fernando de la Rúa.

27 de diciembre de 2004

 

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